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No creo que las fiestas de Aranda fueran antes mejores simplemente porque nosotros éramos más jóvenes. Tampoco creo que el problema sea que ahora haya conciertos, DJs o música actual. Las fiestas cambian porque cambia la sociedad.
Lo que sí creo es que estamos perdiendo algo más importante: la participación colectiva y la transmisión de nuestras propias tradiciones.
Hace 25 o 30 años también había conciertos y verbenas, pero las fiestas tenían otra estructura. Las peñas y las charangas estaban mucho más presentes durante el día, las bodegas eran lugares de encuentro, se cantaba, se recorrían las calles, estaban los gigantes, las cucañas, la dulzaina, los juegos tradicionales, la subida a los toros, la Bajada de las Peñas, las jotas y la Rueda...
Muchas de esas cosas siguen existiendo. El problema es que cada vez ocupan menos espacio en la forma de vivir la fiesta. Y aquí veo una diferencia importante: antes participábamos más y ahora asistimos más. Vamos a un concierto, vemos un espectáculo, escuchamos a un DJ o esperamos a que empiece una actuación. Hay cada vez más cosas programadas para entretenernos, pero eso no significa necesariamente que haya más fiesta en la calle. Una fiesta popular necesita que la gente haga cosas, no solamente que las vea. Una charanga necesita gente detrás. Una bodega necesita vida. La rueda o la jota necesita personas que sepan bailarla. Y una canción tradicional necesita que alguien se la enseñe al que viene detrás. Eso es folklore y eso es transmisión oral.
Me llama especialmente la atención lo que está ocurriendo en algunas bodegas de las propias peñas. Puedes entrar y encontrarte un altavoz enorme con música comercial o un DJ en la calle. La bodega puede estar llena de jóvenes y haber mucho ambiente, pero ya casi no se escuchan aquellas canciones que se aprendían unos de otros. No lo digo como una crítica a los jóvenes. Ellos viven las fiestas que les estamos dejando.
La sociedad ha cambiado. Tenemos móviles, redes sociales, Spotify, botellón, festivales y una oferta de ocio que hace treinta años no existía. Y en Aranda tenemos además un fenómeno tan potente como Sonorama, que inevitablemente ha cambiado nuestra relación con la música y los grandes espectáculos. Pero las fiestas patronales no deberían intentar convertirse en otro Sonorama.
Sonorama puede traer grandes artistas. Lo que no puede fabricar son las peñas, las bodegas, nuestras canciones, una charanga recorriendo Aranda, la dulzaina, los gigantes o una una rueda llena de gente bailando.
También creo que la desaparición de los festejos taurinos ha tenido más consecuencias de las que parece, independientemente de que uno sea taurino o no. Los toros organizaban la jornada de fiestas. La gente comía, se juntaba, iba con las peñas y las charangas hacia la plaza y, al terminar, llegaba la Bajada de las Peñas, las bodegas, la cena, los fuegos y la verbena. Al desaparecer los toros no desapareció solamente un espectáculo. Desapareció uno de los momentos que hacía que miles de personas compartieran el mismo recorrido y el mismo horario. Y han pasado tantos años que ya tenemos una generación de jóvenes que prácticamente no ha conocido aquello. No pueden echar de menos algo que nunca han vivido.
También resulta difícil demostrar con cifras cuánta gente ha dejado de venir a las fiestas. Pero quienes las vivimos año tras año vemos menos ambiente durante determinados momentos del día, menos gente a la hora del vermut o por la tarde, menor presencia de las peñas y charangas en la calle y muchos arandinos que aprovechan los festivos para marcharse. Incluso negocios de hostelería y bares que cierran, lo que nos parece inaudito porque hace años hacían caja como ninguna época del año.
Puede haber más actividades en el programa y, sin embargo, menos sensación de fiesta.
Ahí está para mí la paradoja. Quizá el problema no sea que las fiestas estén en decadencia, sino que están perdiendo cohesión. No se trata de volver a las fiestas de 1990 ni de enfrentar la charanga con el DJ. Pueden convivir perfectamente aunque salvando espacios, distancias o momentos del día.
Se trata de conseguir que las nuevas generaciones participen y hagan suyas las fiestas. Que conozcan las bodegas, las canciones, las peñas, las charangas, la Rueda, la jota y el folklore no porque alguien les diga que son «tradiciones que hay que conservar», sino porque las hayan vivido. Porque una tradición no se mantiene metiéndola una hora en un programa de fiestas. Se mantiene cuando alguien se la enseña a otro.
Y quizá ahí esté la pregunta que deberíamos hacernos pensando en el futuro de nuestras fiestas:
¿Qué queremos que un chaval que hoy tiene 15 años pueda transmitir dentro de treinta a sus hijos sobre las fiestas de su pueblo? ¿queremos una programación cada vez más llena de cosas que ver y escuchar, o unas fiestas en las que sigamos teniendo cosas que hacer, cantar, compartir y transmitir juntos? Porque de ese equilibrio dependerá que las fiestas cambien, como tiene que cambiar la sociedad, pero sigan siendo reconocibles como las fiestas de Aranda.
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