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¿Qué hubiéramos hecho si talasen los árboles de nuestras riberas?

14/04/2023 13:08 | Alfonso Gonzalo
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A veces, hay noticias, que te salpican desde la radio mientras comes, que te llegan entre la amalgama de sugerencias del motor de búsqueda o simplemente a través de un amigo que intenta animar esa conversación entre sorbo y sorbo de café, que no están destinadas a morir entre el mar de información en el que navegamos (y nos ahogamos). Que nos erizan la piel, que nos hacen pensar y nos obligan a reaccionar. En mi caso, la decisión del parlamento andaluz de ampliar la superficie de regadío en Doñana es la culpable de que escriba mi primer artículo de opinión. Y para suscribir aquello de que “una opinión no vale nada, si no va acompañada de un argumento” intento explicar en este artículo porqué medidas que no tienen en cuenta la repercusión sobre el “medio ambiente” son cortoplacistas y en la mayoría de los casos afectan y afectarán a la “economía”, que parece primar sobre todo lo demás.

Este artículo tampoco es una defensa de la naturaleza con mayúsculas, como lo pueden entender ecologistas (que no ecólogos). El que escribe entiende que el éxito del ser humano ha sido, no la capacidad de adaptarse a diferentes ambientes, sino la de adaptar y, por tanto, modificar esos contextos a sus necesidades. Si nos fijamos en Doñana, a lo largo de la historia ha sufrido drásticas modificaciones. Tradicionalmente se usó como tierra cultivable y nunca preocupó, por ejemplo, la introducción de cérvidos, que no eran autóctonos, allá por el XIX (el romanticismo inglés y su visión de Andalucía como una prolongación del África inexplorada tuvo mucha culpa). Cuando en parte se sustituyó el disparo de la escopeta de caza por el de la cámara fotográfica, surgió la necesidad de crear parques naturales destinados a la conservación de la fauna y flora. Digo en parte porque fueron organizaciones destinadas a la caza las que promovieron muchas veces estos parques (aunque más bien con el fin de seguir disponiendo de presas para sus rifles).

Pero apareció también algo con mucho valor como fue el paisaje, la observación de especies… Sin embargo, esto, que también era una fuente de riqueza, se despreció. Primero se quiso utilizar el agua de sus lagunas. Se dijo que no afectaría al entorno, que no disminuiría el nivel freático. Cómo no, repercutió en él y muchos acuíferos quedaron inservibles. Después se empezaron a utilizar herbicidas para favorecer el cultivo del arroz. Cuando se investigó que detrás del repentino aumento en la mortandad de aves de la zona se encontraban eso productos químicos, los arroceros, obviamente, negaron la mayor. Y tropelía a tropelía, hemos llegamos a este punto de no retorno, porque los cambios que acontecen en los ecosistemas no entienden de “a prioris” políticos, ni de los intereses económicos que los alimentan.

Tampoco pretendo un ataque a la economía, también con mayúsculas, si no un intento por explicar que no hay una economía, si no diferentes intereses económicos, muchas veces en lucha. “Doñana no es viable, sostienen en el PP, si no lo es la economía de su entorno” se puede leer en una noticia de El Mundo. La frase en este caso se debería completar por la economía agrícola de su entorno. Y estos intereses, que se quieren conservar a cualquier precio, no se dan cuenta que ya no queda agua, que ya es un desierto, justamente por las políticas cortoplacistas en su momento. Porque la naturaleza, entendida como recurso, es finita y porque esos intereses económicos han acabado con los recursos que les hacían posibles. No es que “la economía” salve el entorno, amigo mío, sino que es el entorno y sus recursos los que hacen que aparezcan unos intereses económicos y no otros.

Frente a esta destrucción, la indolencia. Como la que se puede sentir cuando se va eliminando la hierba de un prado hasta que lo predominante es la tierra yerma y por tanto el resto de briznas se pueden quitar. Y como arandino, me pregunto qué hubiéramos hecho si talasen los árboles de nuestras riberas, si levantasen calles y no repusieran los árboles o simplemente hubiéramos estado años y años sin un inspector medioambiental en el ayuntamiento; aunque yo ya sé la respuesta. Y vosotros también.

 
 
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