|
|

Una bolsa de deporte muy grande, llena de casi todo lo que tenía, y yo, fuimos dejados por mi hermano César en la estación de autobuses de Soria.
Era 21 de Octubre de 1998, había hecho el examen de matrona el sábado anterior, por fin cumplía el sueño de cursar los estudios universitarios deseados: Fisioterapia. No tenía ni casa, ni residencia, ni esperanzas en poder terminar ni el primer trimestre, pero allí estaba.
Petate a la espalda fui hasta un barrio en la punta contraria, con unos tímidos arbolitos (Parque de la Arboleda), cerca de la Iglesia de San Pedro para compartir piso con Begoña a quien había conocido por un cartel.
Ese primer día en clase, después del impacto de entrar por una puerta de madera a una escuela –ahora convertida en Hotel&Spa- como quien entra a un establo, conocí a unos chavalillos, la mayoría tres años menores que yo, muy distintas a las alumnas de enfermería. (Fue por la nota de enfermería por la que pude entrar en fisio). Eran mucho más empollones y hacían más grupo. Enseguida había fiesta los jueves. Y mucho menos se parecían sus profesores a los de enfermería, ninguno, de las clases teóricas, fisioterapeuta. Me chocó como calificaba algún maestro a sus alumnos: -Los fisios son unos chulitos –ya entonces se hablaba de las tareas independientes- comparado con el orgullo por la profesión que nos transmitían las profesoras, al menos, de Fundamentos de enfermería.
Desde aquel primer día de clase para mí, el resto había empezado en Septiembre, una cabellera rubia y unos ojos azules me robaron el corazón para siempre.
Sara es una especie de ángel, divertida, sensata y muy inteligente. Sus apuntes sí se entendían, subrayados con colores y perfectamente estructurados me sirvieron para recuperar el más de mes y medio perdido por haberme incorporado tarde.
Con ella salía de fiesta. No mucho porque soy más de leer. No tener dinero, era una excusa perfecta. Ahora lo sé, veinticinco años después.
Perdimos las llaves una vez y acabamos en una casa extraña. Teníamos clase al día siguiente y fui incapaz de levantarme. Ella sí lo consiguió. Eso sí, nos reímos un montón aquella noche; mereció la pena el dolor de cabeza del tamaño de Soria. Eso sí, veintisiete años después.

En lo personal, seguía dando tumbos inmersa en una relación que tampoco aprobaba mis ansias ilimitadas de seguir formándome.
Nos cambiamos de piso a la calle Mariano Vicén. Begoña resultó ser una niña consentida e irresponsable y, tan pronto no iba a trabajar como no pagaba el alquiler o puenteaba a su novio.
Ni económicamente ni afectivamente podía permitirme esa convivencia, así que en Enero me fui a vivir con Mari Carmen. Soriana con más personalidad, cultura, valía, y resiliencia que nadie. Formaba parte de un programa de la Universidad de Valladolid, según el cual, si compartías piso con una persona mayor, no pagabas el alquiler. Eso, junto el trabajo el primer año en una pizzería me hicieron ser independiente, aunque solo económicamente. En segundo y tercero, trabajé en un comedor de un cole. De ahí viene mi respeto a estas profesionales de las comidas de nuestros hijos e hijas.
Me hizo un hueco en su casa, yo se lo hice en mi entonces estatus de estudiante, trabajadora a tiempo parcial, novia, deportista…(seguía corriendo aunque no competía en esos momentos) sin mucha convicción en ninguna de esas facetas. Ni en nadie. Principalmente ni en mí misma.
Pero ahí seguí, estaba claro que la vida era dura de todos modos y en cualquier sitio. La relación sentimental pasó por un momento crítico tras nueve días sin tener noticias de ese novio. Ya no podía negar la mayor, teníamos, creo que por suerte, los días contados. Un día le pregunté si él se iba a casar por lo civil. Nos reímos de lo lindo. Fue uno de los últimos mejores momentos.
Finalmente salí de ahí: Guapa, reforzada, alegre, apasionada de la vida –como ahora tal vez- optimista y esperanzada.
Los veranos conseguí trabajar de enfermera, en el Yagüe en Burgos y, el tercer año, en los Santos Reyes en Aranda.
La fisio no me apasionó tanto como la enfermería, quizá porque en la vulnerabilidad de la cama del hospital, la gente nos mostramos más como realmente somos. Aun así, el momento vocación fue el caso de un viejecito, postrado en una silla de ruedas, en la convalecencia de una operación. Tras una semana, dos a lo sumo, de sesiones de fisioterapia, llegó al gimnasio afeitado, peinado, vestido y andando. Irreconocible. Un auténtico Sean Conery.
El último año, solo tenía como obligación dos asignaturas –me habían convalidado bastantes- el trabajo en el comedor del cole, así que lo viví a un ritmo frenético. Mari Carmen alucinaba con el cambio, de no parar de estudiar, recoger la casa, trabajar, entrenar a andar todos los días de viajes, compromisos, formaciones…
A finales del último año de fisio, Pedro se coló en mi vida. Aunque era alguien muy especial el hombre no lo tenía claro; yo sí lo tenía más que transparente: no iba a aceptar más relaciones defectuosas.
Él estaba trabajando en FREMAP donde hacíamos prácticas. Durante ese tiempo, salíamos todos los sábados a comer a algún pueblo, a pasear, a escuchar música…fue alguien y algo, como dice Quique González, muy grande.
Este es su poema:
Pedro
Aquella fue la primera vez que te vi, en la clínica
Hombre, más mayor, moreno, mucho bello
Brazos musculados de fisio bueno
Conversador ligero, fácil y tierno
Reírte solías con mis ocurrencias
Fue fácil invitarte a la pista de patinaje
Y, cuando nos encontramos
Directa te dije -qué tomamos
Descubiertas todas las cartas
Nuestros días fluían
Hasta que por cierto, novia tenías (en ninguna conversación salía)
Suspendimos esa Navidad
Algo en mí (otra vez) se rompíaEl día de mi cumpleaños, un mes después del desastre
Tu llamada de nuevo a ti me conectaba
Volvieron distintos lugares, confidencias, viajes sin equipajes
Libros, Amaral en el año dos mil y otras músicas más lejanasSólo un problema, tu falta de decisión
Para dar un paso más en la relación
Ya no quería más decepcionesSi después te llegaste a decidir por mi-amor
Jesús ya había blindado mi corazón
Acabar esa relación a tiempo lo hará permanecer en la esfera de lo mágico.
En tercero nos fuimos de excursión de fin de estudios a Cuba (La que está cayendo allí ahora, por cierto).
El sábado pasado, 23 de Mayo de 2026, nos reencontramos. En coche, porque la Línea Valladolid-Ariza ni está ni, en este caso, se la espera.
Me acuerdo de la loca y buena persona Raquel, de Isabel, de Juan Carlos, Jorge, María, Rubén, Marta, la chica vasca donde nos quedamos para ser fisios de los atletas de la maratón de San Sebastián. (El corredor al que traté había hecho los 42 kms de espaldas).

Antes del reencuentro, para variar, me apunté a un curso de urgencias en el hospital Santa Bárbara. Y después la comida y bailar, bailar, bailar…
Pero hubo un momento crítico que hizo peligrar para mí este reencuentro. Ya os cuento en la segunda entrega de Soria, ¡ni te la imaginas!
|
|