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La estación de tren, donde seguimos después del vermú, era escenario de dos eventos: una boda y el veinticinco aniversario de nuestra graduación.
El calor, bastante soportable, se suavizó aún más bajo unas sombras de árboles y sombrillas.
El menú consistía en entrantes variados desde el torrezno soriano a las socorridas croquetas, embutidos, o más exóticos salmorejo, tapas casi elaboradas…incluso en la merienda-cena aún quedaba, junto a las, en ese momento, deliciosas sobras, ensalada de marisco.

La música maridaba perfectamente, primero de las manos de un acertado pincha que contrariamente al tren de Soria, sí circuló desde Arde Bogotá, Siloé, Chin-Chin, la potra salvaje, la morocha… a los clásicos Alaska, El último, Miguel Bosé, Los Secretos (Nos enteramos durante la carrera de la noticia de la muerte de Enrique Urquijo, justo al llegar a las prácticas en el hospital de Santa Bárbara, aún sin la espectacular reforma observada hoy). Desde la sobremesa hasta casi el momento final del vagón-garito, nuestro cantautor Guille Santa Olalla, nos amenizó tanto que por poco se lleva el título de fisioterapeuta. Pasó por las mejores versiones de todos los tiempos terminando con una de sus canciones propias: Canicas de su disco Arsenal. Adiós de Julieta Venegas, con la que había llegado a Soria por la mañana, cerró el concierto.
El ambiente fue mágico. Todos estábamos allí y, a la vez, regresamos como Michael J. Fox a 2001, a la misma inocencia y vitalidad de aquellos años.
Bailamos, cantamos -unas con menos entonación que otras y otros, pero con la misma entrega-. Sobre todo, hablamos todos con todos y todas, de lo de antes y de lo de ahora. Muchas con tres hijos. Por cierto, en un momento dado, entonamos aquel subidito de entonces:
- “Sexo, vicio, por eso estudio fisio”.
Uno de los compañeros reconoció la verdad de todos y todas de aquella promoción y, casi de todas, de fisio y de no fisio:
- A nosotros no nos pasaba eso de sexo, vicio…aunque estudiáramos fisio.
Los que no hacían noche en Soria, según avanzaba la tarde, se fueron despidiendo, todos inmensamente agradecidos por el reencuentro. Inmensamente agradecidos a Marta y al resto de los organizadores.
Los que seguimos, después del vagón, bajamos al centro de Soria, al Collado. En mi caso, hice la “1213” antes de las doce menos cuarto y me fui a dormir. Creo que no leí ni un verso de mi poemario “Para cantar ceniza, de Bernard Engel” el cual íbamos a comentar en el club de poesía este miércoles.
Domingo por la mañana. Sin hijos, sin ordenador, salir a correr no tiene competencia así que después de vestirme y esperar a ver si Sara se despertaba, me hice un recorrido de despedida por Soria. Con anécdota incluida, así que se me fue a más de dos horas.
Empecé por la Dehesa, paré en mis ocupaciones de Escolapias, al lado de la Alameda, en la explanada con el cartel de Soria, donde hicimos las novatadas a la promoción siguiente. En la estatua del perro, curiosamente al lado de un cartel donde ponía prohibido perros.
Salí por la paralela opuesta, donde estaba la escuela y la iglesia donde iba Mª Carmen, y la biblioteca y la piscina. Seguí hasta la carretera que viene de la Estación de autobuses, fotografié la pizzería, luego, como parte de la carretera estaba en obras, atravesé por el Instituto Antonio Machado, salí al edificio de la Diputación, luego al Parque de La Arboleda y a San Pedro (ya mencionado porque fue el primer lugar donde viví), al puente del Duero, la zona de los Arcos de San Juan con gato y literato apostados, y, enfilé hacia San Saturio.


Como tengo algo de sangre montañera, tiré al monte pensando en acabar en la parte alta de la ermita pero la pasé de largo y cuando descendí, ni siquiera a nada podía cruzar el Duero, ya que un talud era lo que tenía de frente.
Con todo el dolor de mi corazón y de mi lesionada pierna izquierda, tuve que volver a ascender para retornarme al café que aún me quedaba con mi Sara y Natalia, otra graduada riojana como Sara.


Cuando llegué Sara estaba hablando con Diego y sus maravillosos hijos Daniel y Julia, así que aproveché a saludarles.
Después de una triunfal ducha, Natalia y yo nos unimos a Sara para dar un paseo por el collado, la plaza mayor y terminar en el intelectual Café de las artes. ¿No hay nada que objetar en Soria?
Conserva la esencia y ha ganado zonas peatonalizadas, edificios públicos, riberas y monumentos, …Sinceramente, nadie nos lo podemos imaginar.
A nuestro café se fueron uniendo más compañeros, algunos habían venido con sus familias.
Sara cogía el autobús a las 11:45 así que llegaba ya el adiós.
Por cierto, el sábado pasado, en el certamen de relatos sobre el eclipse que organizaba Torrepadre y la Diputación, volvía a reencontrarme por segunda vez en 25 años con Olga, la fisio que nos pedía rigurosidad en lo que compartíamos en el grupo del reencuentro. Ella y mi hijo quedaron finalistas de un total de 536 relatos. Ninguno de los dos míos que presenté. A partir de aquí, podéis dejar de leer el blog. Aunque tengo una explicación:
Esto escribí ayer para el Concurso del Botica Fest de Sotillo, en el que tampoco gané.
Arraigo, poema
Si no hubiera, ya no guerras sino genocidios
No hubiera hecho en el Botica Fest una metáfora con el olivo y los eucaliptos
(Especies Invadidas y colonizadoras)
habría contado, emocionada
Que a pesar del secarral, amo a Castilla
A pesar de, ya no conocer todos pero sí algunos otros
valles, ríos, ibones, pozas y glaciares
Me quedo, sin duda, con los paisajes de mis tatarabuelos:
Viñas en vaso, semisierras, verdes veredas, en primavera, y ocres tierras
Con la rueda de los carros, los machos y la coneja y el cochino del establo
Con las piezas de jabón artesano que hacían las mujeres
Aunque resignadas en la dictadura, alegres y muchas, amas
Hablaría de los veranos en la casa vieja de mi bisabuela Leonor y de la que a los turistas, por nueva y grande, la de su hija Carmen, sorprendía
Del conejo con arroz, de las perdices de caza que con mi abuela pelaba
Del olor de la tortilla de cebolla de la huerta con patatas
De las chuletillas en la bodega, mientras el porrón los mayores pasaban
De las heridas sin puntos de la rodilla que
con miedo ocultaba
De que ahora, cuarenta años después sueño con un tren en el Montecillo facilitara,
Que muchos viajeros de las urbes regresaran
Al pueblo de sus abuelos
A sus arraigos ancestralesPero hay niños muriendo
Como el tuyo, como el nuestro
Y solo me sale participar
Gritándolo al cielo
Camino a Sotillo
31/05/26
Dedicado a Juana en el día de su cumpleaños y a todas las madres
Sobre todo, a aquellas que sobreviven a su vida, a sus hijos e hijas
Por cierto, después de la entrega de premios en Torrepadre, me acerqué a la vicepresidenta de la Diputación de Burgos a quien recordé la necesidad del tren para poner en valor a la España vaciada, como ella había indicado en su discurso.
- Somos conscientes. De hecho en la diputación se hacen las fotocopias de los eventos sobre el tren.
Algo es algo.
Esperemos que los quince años de la bateadora en el túnel de Somosierra no tengan que cumplir, como la 9ª promoción de fisioterapeutas, nuestros maravillosos veinticinco celebrados en Soria.
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