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A José Antonio Maeso le conocen en Ecuador como “El cura pandillero”. Natural de Burgos, en 1995 se ordenó sacerdote y ejerció en la parroquia de Santo Domingo de Aranda de Duero. En 2001 marchó a Ecuador como misionero, primero en Puyo, después en Esmeraldas. El documental “Ecuador: las sombras del miedo” tiene como protagonista a Maeso, que muestra la cara oculta de la sociedad en la que vive el país sudamericano. Hoy queremos hablar con él.
- ¿Qué sensación da ver el documental junto a personas que quizá conocen por primera vez la realidad que se vive en Ecuador?
- Yo creo que para muchos es como ver otra realidad. Quizás no es ese Ecuador que ellos conocían, sino un Ecuador diferente, un Ecuador un poco más complicado. Hay una experiencia que es muy común entre todos, que acaba siendo el silencio. Después del documental hay un silencio bastante complejo.
- ¿Cómo surge el documental?
- Cuando la situación de Ecuador es bastante compleja, y ha sido muy compleja, hay que buscar cómo visibilizar y cómo denunciar lo que dentro de Ecuador no se podía denunciar. Dentro de esto apareció Marcelo Tercia, que es un periodista que tiene una gran trayectoria y mucha experiencia. El proyecto propuso una primera etapa en la que íbamos a ver cómo podíamos ir construyendo una narrativa, pero que no fuera una narrativa que solamente propusiera un aspecto de la realidad, sino que mostrara varios aspectos. Buscábamos tres narrativas diferentes para que el espíritu de cada una pudiera hacer que todas las personas sacaran su propio contenido, sus propias conclusiones, sobre lo que estaba ocurriendo en Ecuador.
- Aborda distintos puntos de vista…
- Al final se narran tres historias y cada una tiene que ver con lo que uno se quiere quedar, con lo que considera un poco más honesto y justo. Una de las historias tiene que ver con la justicia. Creo que la violencia no puede ser el arma que utilice el Estado para buscar una solución. Creo que existen otros elementos y otras situaciones que se pueden utilizar.
Tenemos, por un lado, a un gobernador que representa al Estado y propone que la única solución a la violencia es más violencia, y, por otro, a una familia que sufre los efectos de esa violencia. Son tres miradas diferentes que permiten acercarse a una realidad muy compleja.
- ¿Estás contento con el resultado que está teniendo este trabajo?
- Sí. Ha sido nominado a cinco premios, con lo cual también te digo que no es un documental hecho de cualquier manera, sino que tiene una calidad tanto en lo que es la dimensión social como en la artística. Y, por otra parte, creo que se han dado varias señales de interés en diferentes espacios, también fuera de Ecuador, tanto aquí como en Estados Unidos. Eso supone un avance. Sobre todo, porque permite mostrar una realidad diferente de Ecuador, una realidad que muchas veces no es la que se suele presentar.
- ¿Ha cambiado mucho el país desde que llegaste?
- Mucho. Ha pasado de ser un territorio tranquilo, de ser un espacio de buena convivencia y de libertad, a una realidad mucho más complicada. Cuando empecé estaba trabajando con niños y niñas en situación de calle. Después empecé a trabajar también con todo lo que tenía que ver con las pandillas juveniles. Ahora, en cambio, hablamos más de mafias. Se ha incrementado la violencia y los parámetros ya no son los de las pandillas. Ya no hablamos únicamente de bandas juveniles, sino de crimen transnacional, de bandas delincuenciales y de narcotráfico.
- ¿Y en términos sociales?
- Creo que desde hace años se viene produciendo un deterioro en todo lo que es el sistema de protección. Los políticos de turno, no solo este sino también los anteriores, han ido desestabilizando la sociedad civil, las organizaciones y todo lo que tiene que ver con ellas. Al final hemos acabado viviendo en un sistema bastante complejo y en una realidad muy compleja en la que, a veces, uno no sabe ni hacia dónde ir.
En este contexto, lo único que te toca o te queda es el derecho a la protesta, decir que no estás de acuerdo, decir que eso no funciona así. Pero no se puede hacer mucho más en determinados momentos. Es un tiempo de resistencia y, como parte de esa resistencia, creo que hay que utilizar también las oportunidades que nos ofrecen los medios de comunicación, las redes sociales o las herramientas que tengamos a nuestro alcance para poder denunciar la vulneración de los derechos, el pisoteo, en muchos casos, de la dignidad de las personas y cómo se busca la violencia y la confrontación.
- Tú trabajas con víctimas, pero también con personas que convierten a otras personas en víctimas. ¿Cómo se consigue trabajar con las dos partes?
- Creemos que la construcción de la paz tiene que hacerse con todas las piezas y con todos los elementos, incluidas las organizaciones delincuenciales. Hay que tener una acción humanitaria para poder trabajar con ellos. Por un lado, trabajas con víctimas, por otro, con victimarios y, a veces, conoces a los dos. Sí acaba siendo un poco complicado.
Si queremos construir, hay que hacerlo de esa manera. De la misma forma que es complejo trabajar con un Estado que vulnera derechos, con un Estado al que parece que no le importan las personas, tienes que hablar con ellos de educación, de salud o de problemas de seguridad.
Yo creo que esa es una de las labores más complejas: tener que navegar entre líneas rojas un poco complicadas. Para nosotros, la línea que no se puede traspasar es la de la persona y los derechos de la persona.
- En todos estos años trabajando con ambos lados, ¿qué has aprendido que puede resultar complicado de entender, por ejemplo, aquí en Europa?
- Pues voy a decir una cosa muy complicada: que, a veces, uno siempre defiende más a las bandas que a los políticos. Y tienen más peligro los políticos que los propios bandidos. Generalmente, quienes han traicionado muchos de los procesos y muchos de los diálogos no han sido los bandidos, sino que han sido los políticos. Con esto no quiero decir que los bandidos sean buenos.
- ¿Tienes miedo de las represalias que puede haber por tus denuncias?
- Bueno, no es que pueda haberlas. De hecho, las hay, pero no siempre son directas. Pero los nuevos sistemas de represión quizás no quieren hacer mártires, sino más bien atacar los entornos y debilitar el entorno.
En mi caso, y también en el caso de compañeros, tenemos una herramienta muy poderosa que es la inteligencia artificial. Se pueden crear imágenes o crear espacios en los que se busca desprestigiar a la persona. Creo que esa es una de las formas que se están utilizando ahora.
- ¿Cuál es el futuro de José Antonio Maeso?
- Pues seguir en la lucha y en la resistencia. Porque esto no se acaba. Siguen existiendo problemas sociales y las personas tendrán que seguir clamando para conseguir un mundo más justo y más humano.
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