Vetusta nace de la unión de cinco amigos que tienen una pasión común, el vino. Y la Ribera del Duero. Apostando por la calidad frente a la cantidad, llevan desde 1998 dando forma a novedosos caldos. Ahora, acaban de comercializar su Tempranillo de hielo, el primer ice wine de la zona elaborado al estilo de los países del centro de Europa.
Ángel Chico, Ingeniero Agrónomo y uno de los socios de la empresa, describe los pasos que han tenido que seguir para dar con esta innovación marca de la casa.
Hacéis gala de que sois cinco amigos los que habéis dado forma a los vinos Vetusta, ¿qué aporta cada uno de vosotros?
Más que amigos, somos familia. El proyecto nació como una sociedad dedicada a la viticultura y cada uno de los socios eligió una zona donde situar los viñedos. Por eso, actualmente tenemos nuestras viñas en cinco localizaciones, Moradillo, Santa Cruz de la Salceda, dos en diferentes parajes de Fuentenebro y otra en Aranda.
Un poco más adelante, en el 2006 decidimos empezar a elaborar nuestros vinos y a comercializarlos con la marca Vetusta. En estos momentos hemos dado un gran paso creando nuestra propia bodega y pasando a doblar el número de botellas que sacamos a la venta. Además, tenemos pensado ampliar nuestra gama de vinos.
Aunque yo sea la persona que está en el día a día de la empresa, cada uno aporta y ayuda en una faceta de la empresa. Uno en la parte vitícola, otro en la administrativa, otro en el campo comercial y otro, en la elaboración de los vinos.
Os habéis diferenciado creando el primer vino de hielo de la Ribera del Duero. ¿Puedes resumir brevemente el proceso de elaboración que seguís para llegar a él?
La campaña pasada decidimos dejar una zona concreta en nuestra viña de Aranda para elaborar un vino dulce. Hay varias maneras de hacerlo naturalmente dulce, es decir, sin añadidos. Solo con el propio azúcar de la uva, concentrándolo lo máximo posible antes de comenzar con la fermentación.
Básicamente, existen tres formas: por desecación de la uva, dejando que la botritis la deseque o congelándola. Esta última es la menos común y fue por la que nosotros nos decantamos.
Recogimos el fruto un 27 de noviembre, con dos grados bajo cero, y después lo congelamos un poco más para poder prensarlo a menos once grados, que es la temperatura idónea para la elaboración de este tipo de vinos. Ese mosto, súper concentrado y muy frío -menos tres grados-, lo dejamos fermentar durante tres meses y medio. En este proceso, la fermentación se para por sí misma, dejando al vino con diecisiete grados de alcohol y ochenta gramos de azúcar por litro. El siguiente paso fue dejarlo reposar durante unos meses, hasta que lo embotellamos el pasado agosto.
El resultado de todo ello ha sido una edición limitada de 430 botellas, ¿a qué público está destinada?
A toda la gente a la que le guste o no el vino y quiera probar cosas diferentes, buscando nuevas experiencias sensoriales.
Como es un producto muy especial, ¿en qué ocasión recomiendas beberlo?
Es un vino especial para acabar cualquier comida o cena también especial, con gente a la que quieres, en la que te encuentres a gusto y te apetezca que se alargue un ratito más.
Mirando al futuro y a la elaboración de los próximos vinos, ¿cómo valoras la cosecha de este año?
Este año la cosecha ha sido muy difícil. Los que estamos en el campo hemos sufrido mucho viendo a nuestras viñas padecer unas condiciones atmosféricas muy adversas, como la sequía y las heladas de la primavera. Lo sufrimos pero lo aceptamos. La naturaleza es así y no se puede luchar contra ella, sino que debemos adaptarnos a sus caprichos y seguir adelante.
Las campañas complicadas como esta exigen un mayor trabajo de selección en bodega para conseguir grandes vinos. En nuestro caso estamos muy contentos porque hemos elaborado unos caldos que prometen mucho y, por suerte, la helada no afectó a parte de nuestras viñas, por lo que pudimos llevar la bodega. Dentro de lo que cabe, nos sentimos afortunados.
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