
Están siendo unos días de tensa calma como preámbulo de las variadas fiestas que nos ocuparán en este mes de septiembre. Momentos en los que se da protagonismo municipal a la espuma aparecida en el río Duero, como tantas veces, pero que copa foco, suponemos que para desviar la atención de temas más importantes. Nos hemos quedado tranquilísimos al saber que no es nociva esa espumilla, sobre todo los miles de arandinos que no habían ni deparado en ella y que no entendían ni a qué venía ese asunto. El tema del surrealismo se ha completado con la caída de luces en la plaza Mayor. Un asunto llamativo, por las bromas que conlleva el doble juego de palabras (las luces dan mucho de sí), y porque quedó afortunadamente solo en un susto. En las inmediaciones, había viandante y jóvenes sentados en el banco próximo que podrían haber sufrido las consecuencias. Lo más surrealista del tema es que se desvía el drama de si las luces pesan tanto o cuánto, cuando la importancia se tendría de poner en el estado en el que se encuentran algunos (muchos más de los deseables) inmuebles en el casco histórico de esta localidad, tanto en la plaza como en otros puntos.
Esas luces ornamentales se aseguraron en una forja de balcón en pésimo estado, al que arrastraron hasta que cayeron de bruces contra el suelo. Con eso se vuelve a abrir el debate sobre la situación de los edificios y la inacción al respecto. Una inacción histórica, que no es nueva, se ha prolongado durante lustros, pero alguien tendrá que intentar ponerlo freno o solución, queremos presuponer. Sin lugar a duda, la culpa de la situación de los inmuebles (o de los solares abandonados en pleno casco urbano) es de los propietarios, pero el Ayuntamiento debería tomar medidas para ‘obligar’, ‘animar’ o ‘propiciar’ que los mantengan en un estado adecuado. Y, quizás, si se hacen oídos sordos, actuar de oficio pasando la pertinente factura. Prácticamente por dos cuestiones concretas, la principal es por la peligrosidad evidente que suponen de forma constante y el riesgo de mayor deterioro, pero también por la estética.
Es importante contar con una ciudad cuidada y atractiva, para el turismo, pero también para todos los que aquí vivimos. Si alguien se pone a observar edificios, por ejemplo, en la plaza Mayor, no tiene que detenerse mucho para evidenciar que unos cuantos dejan mucho que desear, tirando de eufemismo. Es la plaza Mayor, pero si se transita por la calle Santa Lucía más de lo mismo. Y así, podría enumerar muchas más. Sin dejar de lado, un asunto heredado y envenenado. Digo envenenado porque el anterior equipo de gobierno contribuyó a que se enredara más el tema, haciéndose con un porcentaje menor de un proindiviso, cuando de sobra se sabía que el propietario mayoritario iba a dar las espantada. Hablo del famoso solar de la plaza de Santa María, el ya conocido como ‘muro de las lamentaciones’. El escudo blasonado (suponemos que de valor incalculable) nos tiene atrapados en un trampantojo decolorado por el sol, al que le ha salido ya hasta flequillo en forma de hierbajos. ¿Hasta cuándo va a presidir esa estampa la frontal del monumento más importante de la ciudad? Dejo la pregunta en el aire, aunque todos sospechamos que va para muy largo.
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