
Mientras escribo esta crónica, levanto la vista del ordenador, y frente a la ventana, en la lejanía, veo uno de los bloques, el que da puerta a la legendaria ARU de Santa Catalina, la que nos han dicho que va a cambiar el barrio. El famoso proyecto estrella, que veremos si no termina acabando estrellado. Buena pinta, desde luego, no tiene. Se me ha hecho tarde para escribir, y esto es fruto de lo que se llama procrastinación y significa ir retrasando tareas y dejarlas para última hora. Y, me pregunto, si parte de lo que ha pasado con esta rehabilitación de edificios no será lo mismo. Hacer las cosas tarde y que los tiempos te pasen por encima, en una obra faraónica en la que, entre otras cosas, hay que colocar 18 ascensores y ejecutar la friolera de cinco millones de euros.
Sobre el terreno, quedan menos de tres meses para que termine el plazo oficial de finalización de la ‘modernización’ de esa zona, y aunque pueda esperarse una moratoria que parece cantada, esta quizás no sea suficiente con el desaguisado que se vislumbra. Como espectadora diaria, llama la atención cómo el nivel de trabajo ha caído en picado, desde aquellos momentos en los que no había horas, ni días, ni número de empleados suficientes con los que aportar esa imagen de que todo era posible. La obra, ahora, se mueve tímidamente, a un ritmo mucho más ralentizado, casi agónico, y todo el mundo parece estar con la mosca detrás de la oreja. No seré experta ingeniera ni arquitecta, pero llama poderosamente la atención esas las paredes totalmente rajadas, con un edificio en parte a la intemperie, esperando al ascensor. Una imagen que da una sensación de falta de seguridad y desprotección absoluta.
El proyecto que no se aprobará en junio y veremos si en ‘septiembre’, pero se amplía con dos portales a mayores que primero dijeron que sí, luego dijeron que no, y finalmente parece que apostaron otra vez todo al afirmativo. Es como aquello de que no puedes con las asignaturas de un curso, y te atreves con algunas más a mayores por aquello de que yo lo valgo.
En cualquier caso, lo que parece evidente es la ruptura absoluta de relaciones entre los responsables municipales y los vecinos. Ahora, ya en el barrio, mientras vislumbran la obra del escorial, aluden a que se buscarán un abogado. Y a todo ello, nos preguntamos por qué se ha llegado tan tarde y parece que tan mal a esta situación, cuando han pasado más de cinco años desde que se anunciara a bombo y platillo. Los actuales acusan a sus antecesores de no haber hecho nada, mientras aquellos se jactan de que no se ha sabido gestionar la buena herencia legada. Probablemente en todo hay algo de verdad y de mentira, de razón y de sinsentido.
Toca ser pragmáticos. El panorama no pinta demasiado bien, pero solo queda confiar en que un milagro o la supervivencia en la prórroga, salve los muebles. Su finalización es un tema de interés general.
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