
Darse un paseo por la zona de los bloques de Santa Catalina, según los vecinos, parece un recorrido entre trincheras. Al caminar entre edificios, se observan paredes rajadas de arriba abajo, balcones medio arrancados, rampas de maderas, materiales acumulados, puntales que impiden salir cómodamente de algunos domicilios, escaleras que bailan y pesadas estructuras esperando un ascensor. Todo ello, aderezado con el silencio de una obra parada, de la que se ha retirado ya una parte importante de la maquinaria, pero donde todavía quedan algunas piezas que hacen albergar, a los más optimistas del lugar, la esperanza de que eso pueda reiniciarse pronto. Todavía queda gente positiva, aunque cada vez menos.
Podría ser el guion de una serie de guerra, aunque aquí puede asemejarse más a un thriller de terror, que supongo es en el que se hayan inmersas las 180 familias afectadas por un proyecto estrella como el de la rehabilitación de la Aru de Santa Catalina en el que se están haciendo ‘méritos’ para que acabe estrellado. Desde luego, a fecha de hoy, el aspecto de la zona es tercermundista y despierta un sinfín de sensaciones, entre las que no está la de seguridad.
Si nos retrotraemos al origen de la obra, la historia ya empezó mal, porque da la impresión de que nunca se creyó verdaderamente en el proyecto. Eso sí, cuando se vieron las orejas al lobo y las posibles consecuencias de tener que explicar, a los vecinos y a la opinión pública, la perdida cinco millones de fondos europeos, se decidió salvar el tema como fuera, buscando una solución, cuánto menos, poco ortodoxa. La licitación de los trabajos quedó por dos veces desierta, y se realizó una adjudicación directa a la misma empresa dividiendo el proyecto en tres partes. Las obras comenzaron el 20 de enero y el plazo de finalización estaba fijado para el 30 de junio, aunque finalmente se ha ampliado hasta octubre de 2027.
Desde principios de año, ha sido toda una concatenación de despropósitos, tapados, en muchos casos, con buenas palabras con toques de condescendencia, con dardos a los vecinos y con una huida hacia adelante para no afrontar una realidad o, incluso, para intentar diluirla repartiendo culpas, estilo ventilador. Que si los vecinos ponían palos en las ruedas. Que si se había denunciado a la Inspección de Trabajo. Que si la empresa que tenía a los trabajadores de forma irregular era una contrata de la contrata para culminar una lavada de manos estilo Poncio Pilatos, porque el Ayuntamiento no tenía nada que ver (vamos, que simplemente pasaba por ahí). En los últimos días, lo más llamativo ha sido ese alardeo del gobierno municipal de que todo iba bien, cuando ya se sabía que la empresa iba a notificar que paralizaba la obra, por un modificado, con el trasfondo que eso tiene y que todos intuimos. Se llegaron incluso a inflar los niveles de ejecución, según desmontaron los propios vecinos. Sin duda, optaron por acogerse a esa famosa frase que tanto gusta a los políticos y que dice que no hay que dejar que la verdad estropee un buen titular.
Ahora, nos encontramos con una obra en el aire, y unos vecinos desamparados con unas viviendas con muchas carencias y un otoño que parece lejano, pero que está a la vuelta de la esquina. Confiemos en que se esté buscando una solución que (de no retomarse las obras), se supone, pasará por intentar buscar una empresa local que resuelva este desaguisado. Esperemos que sea una respuesta urgente por el interés general. Aunque, siendo realistas, también hay mucha prisa por lavar una imagen del ejecutivo en general, y de la Concejalía de Obras en particular, gravemente dañada por una gestión de la ARU que, para los vecinos y muchos ciudadanos, está dejando mucho que desear.
Ahora, además, ha llegado un nuevo capítulo al culebrón, a través de un escrito remitido al procurador del Común, donde se le cuenta, entre otras cosas, que nada se sabe de las bajantes y los canalones prometidos en el proyecto. Ahí se abrirá un nuevo melón.
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