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Para dar un poco de respiro a tanta crónica municipal, toca giro de acontecimientos. Me centraré, en esta ocasión, en temas que van más allá de la administración local, y que llevan décadas llenando páginas por desmanes varios. Ahora, estamos inmersos en uno más. Hablo de la Autovía del Duero y el nuevo capítulo del culebrón interminable. Hasta lo que se presupone que debieran ser moderadamente buenas noticias, con la apertura de casi 30 kilómetros de tramos de vía rápida que llevamos esperando desde el 92, acaban convertidas en guerra. Políticos e instituciones enfrentadas, entre el y tú más, y el ponerse zancadillas mutuas.
Los ciudadanos están hartos de unos y de otros, y ya no es tan sencillo engañarlos. Quedó muy claro la semana pasada, cuando el Partido Popular de Burgos intentó utilizar esa infraestructura para sacar rédito político. Toda la plana se presentó en la localidad ribereña de Nava de Roa, como si fueran unos inocentes ciudadanos que desconocen la historia de esa vía. Intentado aparentar que las siglas que enarbolaban en tal acto no hubieran tenido nada que ver con el devenir de una carretera que va camino de ser la última en desdoblarse en todo el mundo desarrollado, a pesar de que vertebra el país de este a oeste y conecta con Portugal.
En esa manifestación se venía a decir lo mal que lo está haciendo el actual Gobierno con ese retraso que hay en el trazado situado en la provincia de Burgos, que ni está ni se le espera en un medio plazo. Un mensaje que revolvió a muchos de aquellos que los sufren a diario. La gente les recordó que han pasado gobiernos del Partido Popular, con dos presidentes, uno de ellos de la tierra, con sus raíces instaladas en mitad de esa vía, y ninguno de los dos hizo demasiado por ello. Recordemos, sin ir más lejos, los años que se tardó en terminar la variante de Aranda, y las veces que nos pusieron el casco y el chaleco reflectante para pasearnos con la ministra Ana Pastor por esas obras del Escorial, que terminaron de una forma chapucera en Castrillo de la Vega, y que se ha intentado solventar ahora con otro churro considerable. Pasa con la nacional 122 y pasa con el tren. Rojos, azules, morados, naranjas (y una paleta entera de colores) han ostentado responsabilidades. Cuando han estado, han hecho poco o nada; y cuando han pasado a la bancada contraria han criticado a los que han hecho lo mismo: poco o nada.
Y volviendo al nuevo tramo de autovía, ha llegado con trampa. Allí, también hay lucha de administraciones. El Ministerio apostó por abrir el trazado terminado de Tudela hasta Valbuena de Duero, para no esperar hasta principios de 2027, que (crucemos los dedos) es la fecha prevista para la llegada hasta Quintanilla de Arriba y su entronque definitivo con la Nacional 122. El argumento para abrir (se supone), la alta siniestralidad y los accidentes mortales vividos en el paso por Sardón. Por su parte, la Junta y la Diputación (con diferente color) han considerado inasumible que una carretera provincial que va de Pesquera hasta Peñafiel asuma el desvío de todo el tráfico que iba a conllevar la salida de la autovía en Valbuena. Por ello, para prohibir el tráfico pesado y animar a que muchos conductores de vehículos sigan por la 122, se ha optado por que se abandone la autovía en Tudela, para hacer seis kilómetros por una carretera secundaria hasta Villabáñez y allí coger de nuevo la autovía. Es verdad que técnicamente puede estar justificado, pero me pregunto si hubieran hecho lo mismo con un Gobierno con las mismas siglas.
Para rizar el rizo, ninguna administración ha colocado señales que indiquen a los conductores en qué momento deben abandonar la Autovía del Duero (y viceversa) a la altura de Tudela, o la N-122 en Peñafiel, para tomar las carreteras provinciales que conducen hasta el nuevo tramo de autovía. Sin duda, se ha añadido un toque más de adrenalina, ya que se ha convertido en toda una aventura el encontrar en qué punto se coge la autovía. Una gincana donde muy pocos consiguen el premio, y los que alcanzan el objetivo concluyen que es más complicado y se tarda más. Cosas de república bananera.
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