
Siempre se habla de la participación ciudadana, y esa panacea de que los habitantes de las ciudades podamos llegar a tener ciertas potestades en la toma de decisiones sobre acontecimientos o proyectos importantes, que marquen el futuro del lugar en el que vivimos y pagamos impuestos. Ese mundo de color de rosa que se presenta siempre en los programas electorales, pero que con el tiempo suele asemejarse más a la ciencia ficción. Aspectos, prácticamente increíbles como los presupuestos participativos. Todas esas cosas quedan preciosas, pero en el ámbito funcional a veces generan expectativas que no llegan nunca a culminarse.
En ese mundo de hipotética participación, se ha puesto en marcha en Aranda una iniciativa en la que se pide a los ciudadanos que asistan, durante el mes de septiembre, a unas charlas-reuniones para colaborar con la transformación del barrio en el que viven. Se divide por zonas, para aportar ideas que mejoren el entorno, definiendo retos y oportunidades, necesidades y prioridades. Partiendo de la base de que cualquier debate y aporte de ideas es más que positivo, y poner el foco en los problemas importantes y abandonos que sufren los barrios es muy necesario; no se puede (o no se debe) desviar toda la atención hacia ese tipo de charlas de autoafirmación y voluntariado. Los vecinos, desde luego, son los que mejor conocen donde están los problemas y cómo plantear soluciones, pero no son los responsables de solucionarlos, ni tienen las competencias suficientes. Hay ciertas responsabilidades que están en otros sitios. Me explico. Se pagan casi cuatro millones de euros al año para tener unas calles limpias, o un millón y medio de euros para conservar unos parques, jardines y zonas verdes con un aspecto digno (como mínimo). Se presupone, además, que las calles deben tener un mantenimiento para que las aceras no estén levantadas o los pasos de cebra invisibles. Los ciudadanos debemos ser cívicos, manchar los menos posible, depositar los residuos en su sitio, ser impolutos con las mascotas, respetar el mobiliario, los jardines y todo nuestro entorno urbano y natural. En caso contrario, para eso están las sanciones. Sin embargo, es el Ayuntamiento el que tiene que ser el responsable de hacer que las empresas (pagadas con el dinero de todos) hagan el trabajo para el que se les ha contratado, o de mantener las calles. No será novedad, pero sí un problema que está presente y protagoniza una de las mayores preocupaciones de los arandinos. No hay nada más que darse una vuelta por las conversaciones de calle o cualquier foro.
Y ya que se abre ese cauce de participación para que los vecinos colaboren en la transformación de sus barrios, se podría hacer algo similar sobre el futuro de las fiestas de Aranda. La encuesta que se realiza después de que acaba cada edición no parece suficiente, por la escasa participación y el estilo de cuestionario. Y es que hay todo tipo de opiniones al respecto. Por ejemplo, el debate de si se pueden adelantar para no coincidir con el curso escolar o la universidad. La juventud es importante a la hora del futuro de la programación. O, si son demasiado extensas o no. Si son idóneos los conciertos en el extrarradio, la corte, o si necesitan nuevas actividades, entre otros aspectos. Quizá sería bueno atreverse a abrir ese melón (escuchar y decidir seguir así o cambiar), porque quedarse anclado en algo solo por denominarlo ‘tradición’ no parece muy del siglo XXI.
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