Residuos de Atapuerca permiten desvelar los cambios en la alimentación en 4.000 años

Un neolítico era intolerante a la lactosa, pero el hombre se tuvo que ir adaptando por la falta de alimentos

08/06/2021 9:11 | DR

Las doctoras Marta Francés Negro del Laboratorio de Evolución Humana de la UBU y Melanie Roffet-Salque de la Universidad de Bristol, colideran un artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista internacional Journal of Archaeological Science (JCR-Q1), sobre el análisis de residuos orgánicos realizado en cerámicas del yacimiento de El Portalón de Cueva Mayor, un importante yacimiento holoceno de la Sierra de Atapuerca. 

En el estudio han participado investigadores del Laboratorio de Evolución Humana y el Laboratorio de Prehistoria de la Universidad de Burgos, del Museo Arqueológico Regional de Madrid, la complutense de Madrid, la Universidad de Ginebra y la Organic Geochemistry Unit de la Universidad de Bristol, un centro de referencia internacional en este tipo de estudios dirigido por Richard Evershed. 

Los análisis de residuos orgánicos permiten establecer qué tipo de alimentos contuvieron los recipientes prehistóricos a partir de la identificación de algunos de sus compuestos básicos. Esto se consigue gracias a que todos los alimentos contienen algún tipo de lípido (grasa), y estos quedan atrapados en el interior de las pequeñas porosidades de la pared cerámica. 

El estudio se ha realizado sobre más de 100 muestras cerámicas procedentes del yacimiento de El Portalón de Cueva Mayor  de Atapuerca con diferentes cronologías: Neolítico, Calcolítico y Edad del Bronce. 

Se han podido identificar varios productos derivados del consumo animal, como son los productos lácteos y la carne. “Es la primera vez que se realizan este tipo de análisis en un mismo yacimiento para una secuencia de 4000 años y en el que, además, se comparan los resultados con la fauna del yacimiento”, comenta Marta Francés, primera autora del trabajo.

A partir de ambos estudios, residuos y fauna, se ha podido observar como la presencia de productos lácteos en el Neolítico era todavía limitada. Según Melanie Roffet-Salque, lider del estudio en Bristol, “esto seguramente tiene relación con que las poblaciones neolíticas que habitaron el yacimiento eran todavía intolerantes a la lactosa, como han puesto de manifiesto los estudios de su ADN. Por ello, aunque su presencia es aún escasa, podríamos estar ante una lenta incorporación de estos alimentos en un contexto de escasez de alimentos”. Sin embargo, en cronologías posteriores (Calcolítico y Edad del Bronce), el mayor consumo es precisamente el de productos de origen lácteo, que se debe asociar a leche, pero también a ciertos productos semielaborados como yogures, requesones, quesos, mantequillas … y siempre teniendo en cuenta que no podemos considerarlos iguales a los que conocemos hoy en día.

En cuanto al consumo de carne, también se detectan cambios a lo largo del tiempo. Mientras que en el Neolítico el principal tipo de carne consumida era la de animales rumiantes (vacas, cabras y ovejas) durante el Calcolítico y la Edad del Bronce el mayor consumo es de la carne de no rumiantes (cerdo, caballo) y ya a cierta distancia, el de la carne de rumiantes.

En época calcolítica, la explotación animal parece ser pues más variada y destinada tanto a los productos lácteos y cárnicos (principalmente no rumiantes) como a la obtención de lana (ovicáprinos) y animales de carga (vacuno). Durante la Edad del Bronce se mantiene la variedad y la preferencia por el consumo de productos lácteos y la carne de no rumiante de la época anterior. Sin embargo, en este período se intensifica mucho la explotación de la lana. Curiosamente, los restos de fauna delatan un aumento en el consumo de cerdos que sin embargo, no se ha observado en los residuos grasos encontrados en las cerámicas. ¿Podrían consumir esta carne poniéndola directamente al fuego en una especie de barbacoa?