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La ARU de Santa Catalina acaba de recibir un balón de oxígeno en forma de prórroga. Una ampliación de plazo que, además, da largo margen en este asunto que se ha convertido en una especie de batalla campal entre algunos vecinos y la Concejalía de Urbanismo. Esperemos que con estos 18 meses que se suman a la hoja de ruta inicial y que fijan que la campana suene en octubre de 2027, el proyecto coja el rumbo adecuado y culmine, tanto en plazo como en forma y fondo. En los últimos tiempos, ha dado la impresión de que vecinos y Ayuntamiento estaban más preocupados en echarse la culpa mutuamente (por si había problemas con la subvención), que en que el asunto acabe lo mejor posible. Con eso nuevo plazo, esperemos que también se dé un impulso a la otra parte de la ARU, la que se dirige a la urbanización. En concreto, la conversión en plaza del patio del Centro Cívico Virgen de las Viñas, y la peatonalización de mitad de las calles de los bloques de Santa Catalina.
Es llamativo que, en Aranda, los fondos europeos se hayan destinado en gran medida a edificios: al centro cívico, al centro de recepción visitantes de los Jardines, o incluso a la piscina municipal cubierta. Es cierto, que hay otros temas que se han ido a dotaciones de bomberos, a una mejora en las riberas, a un autobús, o a una pasarela de la que de momento nada se sabe. Sin embargo, en la mayor parte de las ciudades cercanas, se han destinado a mejoras de calles y entornos públicos, no hace falta nada más que darse una vuelta por la geografía regional o nacional para hacerse una idea.
Y hablando de edificios, aquí, en Aranda, parece que no se nos dan del todo bien, por la cantidad de inmuebles ‘fantasma’ que tenemos con asignaturas pendientes. Lo digo, porque, hace unos días, el Ayuntamiento puso sobre la mesa el estudio de viabilidad económico de la gestión del albergue juvenil. Si nos llegan a decir, en el año 2010, cuando fuimos testigos de cómo cerraba sus puertas para unos ‘arreglitos’; que 16 años después, el servicio iba a estar cerrado y acumulando una inversión de varios cientos de miles de euros para nada, nos hubiéramos echado las manos a la cabeza. Pero eso es así, se han puesto parches vía talleres de empleo porque no se quería invertir, para finalmente gastarse más. Pero a lo actual, ahora se quiere hacer un pliego para sacar a contratación la gestión y reapertura de ese albergue y el estudio de viabilidad dice que el Ayuntamiento debería pagar 45.000 euros al año a la empresa que lo asuma para que pueda ser un negocio atractivo. Se recomienda un contrato de cinco años, que es el coste de amortización de la inversión que haga la adjudicataria. Por lo tanto, haciendo bueno ese estudio, el Ayuntamiento se tendría que gastar 225.000 euros, para que un tercero abra ese albergue. Un centro que tiene cerca de ochenta plazas de alojamiento, con algunas habitaciones dobles con baño y otras colectivas. También con unas instalaciones de bar restaurante que puede incluir una amplia zona de terraza, en una ubicación donde podría tener cierto éxito al estar incluido en un edificio con más dotaciones educativas y en un barrio con una notable actividad. Con esa cifra sobre la mesa es posible que se abra un nuevo melón: si el Ayuntamiento aporta esa importante dotación económica, los negocios de ese sector se podrían sentir agraviados (al tiempo).
Y hablando de esos edificios que no se nos dan nada bien, aprovecho para recapitular parte de ‘nuestro’ parque municipal de inmuebles en precario. El centro de arte joven, cuya reforma tras el drama de la carcoma, ni está ni se la espera de forma inminente. El matadero municipal del polígono Allendeduero, escenario ideal para grabar una película de miedo. El nunca utilizado ni inaugurado, centro residencial canino de la calle Toledo. El 27% de la parcela que compró el Ayuntamiento en 2014 para hacer un centro de recepción de visitantes, que hoy sigue formando parte de un proindiviso, con muro y trampantojo, frente a la iglesia de Santa María. Sí, hay más, pero esos son los más llamativos…