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Eso de las consultas populares, los presupuestos participativos, lo de entregar parte de las decisiones políticas a la sociedad, siempre me ha parecido una entelequia. O lo que es lo mismo, una fantasía o una situación ideal que solo existe en la imaginación y carece de realidad práctica. La administración es lo suficientemente lenta y cansina, como para poner trabas a mayores para que se decelere más, o argumentos a favor de que las cosas nunca lleguen (depende de cómo se mire). Ahora, ha vuelto a salir a la palestra el tema de la voluntad del pueblo con una hipotética consulta popular para que los ciudadanos voten sobre qué estilo de Parque General Gutiérrez quieren. Se supone que cada uno de los más de 35.000 arandinos querremos un parque diferente al resto, como cada cual decora su casa con su estilo propio. Probablemente, en lo único que estemos de acuerdo es que es urgente ponerse manos a la obra, e incluso (es probable) que encontremos posicionamientos que ni tan siquiera lo consideran una prioridad.
Desde Podemos-Izquierda Unida se defiende a ultranza esa consulta popular que, según ellos, tenían comprometida cuando formaban parte del ejecutivo municipal. Ahora que están fuera, acusan a Sentir Aranda de romper ese acuerdo y pasar de someter la cuestión a ‘referéndum’. A mi entender, además de servir para dilatar los tiempos, este tipo de votaciones suenan a querer escurrir el bulto a la hora de tomar decisiones. Sin duda, lo más llamativo (y peliagudo) es determinar la forma ideal de canalizar ese tipo de consultas. Se va a tirar de censo y poner urna, se realiza a través de internet con un cuestionario, con mesas a pie de calle... ¿Cómo? Y, después, con cuántas personas se considera que este tipo de acción es efectiva, qué porcentaje se fija para constatar que el respaldo real existe para que ese resultado sea vinculante. Desde luego, no me parece serio. Ni en esta, ni otras que se hacen o se han hecho. Por ejemplo, las encuestas de fiestas cuyos resultados se hacen público como que fueran la biblia cuando se obtienen apenas 400 respuestas. O la de Sentir Aranda, en su día, para que se decidirá si los concejales aceptaban (o no) el gasto que suponía las medallas de Aranda (de vodivil).
Pero, la consulta más sonada y la que definió que esas cosas son contraproducentes, se ratificó hace años en un pueblo cercano, Castrillo de la Vega. Allí, una alcaldesa ribereña decidió convocar una consulta popular que decidiera si se ponía o no sueldo en su labor de regidora municipal. Ella quería tener esa retribución, pero pretendía que el pueblo la reafirmara. Es más, mantenía que, si no era así, dejaba el cargo. Finalmente, la ciudadanía la ‘apoyó’, el sí se impuso por 14 votos, pero votaron poco más del 35% de los ciudadanos. Un sí envenenado. El sueldo no llego y ella se fue. Utilizo este caso para argumentar que las consultas populares ni son tan maravillosas, ni tan democráticas como se plantean.
Volviendo al parque, desde luego, es una necesidad histórica el que se ponga en valor y se cree una zona de esparcimiento y recreativa, donde se pueda unir el deporte y las actividades lúdicas, donde se pueda disfrutar de zonas verdes con estos veranos cada vez más cálidos. Es una deuda que tiene la ciudad con su entorno, desde hace décadas, pero no solo en ese parque, también en los que hay en las riberas de los ríos (no se puede vivir a espaldas del cauce fluvial), como existe en muchas otras ciudades. No hay que irse demasiado lejos para comprobarlo.